viernes, 8 de mayo de 2015

Donde estaba Tlaloc les dejé a Dios





Eran casi la una de la tarde. Una persona estaba sentada muy cerca de mí y confesaba sus pecados. Los cantos del coro de la iglesia se escuchaban hasta donde yo estaba. A veces me impedían escuchar con claridad al penitente. Una señora de tez morena llegó a la entrada del templo. Me miró fijamente y haciendo un gesto con su cabeza me indicaba que ya había llegado. Di la absolución al penitente y me puse de píe. Caminé unos pasos y pregunté a los que estaban fuera de la iglesia que si se iban a confesar. Me
respondieron que sí. Les dije que esperaran al otro sacerdote. Fui con Gonzalo y le pregunté que si podía confesar a los que faltaron, me afirmó con la cabeza. Tomé las cosas para la misa que tenía en una caja de cartón color rosa. La caja era práctica, pero el color no era de mi agrado. Subimos a un taxi y comenzamos el trayecto hacia el lugar donde íbamos a celebrar la misa de la santa Cruz. Cuando pregunté sobre el tiempo que nos tardaríamos en llegar la señora de tez morena me dijo que duraríamos casi una hora, pero el chofer del taxi la interrumpió para corregirla y decirle que eran como 25 minutos. Otra joven que iba en el taxi dijo que era más tiempo, fácil como 40 minutos. Por lo menos yo tenía un aproximado, entre 30 y 50 minutos. Tomamos el camino a los Reyes la Paz y después nos desviamos rumbo al poblado de San Miguel Coatlinchan. Ahí cerca está el único seminario en México para vocaciones adultas. Un seminario donde pueden entrar personas que ya son grandes de edad y sienten el llamado a la vida sacerdotal, incluso aquellos hombres viudos y sin ningún compromiso familiar, es decir que ya no tenga responsabilidades con sus hijos. Al llegar al centro del poblado pude ver una réplica del monolito del dios del agua conocido como Tlaloc.  Ahí estaba imponente la figura de más de siete metros de alto en medio de una fuente. Era día domingo y muchas familias se recreaban en esa plaza con sus hijos que corrían de un lado a otro. Un partido político hacía su faena para promover los votos de su candidato. 

La señora de tez morena me dijo que en ese poblado se había encontrado al dios de la lluvia y por esa razón estaba esa replica en la plaza. Seguíamos subiendo el poblado ahora por calles empedradas y muy transitadas en esa hora del día. Ahí está dijo la joven acompañante a la señora de tez morena. El taxi se detuvo y la señora salió del auto para saludar a otra señora que sentada en la banqueta. Cubierta con un sombrero sostenía un celular en sus manos y le miraba atentamente. Yo pensé que ya se había ido, dijo el chofer a la señora del sombrero. No, dijo ella, yo pensaba que ya me había dejado. Voltee a mirar a la joven para preguntarle cuánto tiempo más faltaba para llegar al lugar donde íbamos a celebrar la misa. El chofer interrumpió diciendo, ya estamos aquí cerca padre. La señora de sombrero subió al frente, la de tez morena subió al lado de la joven. Íbamos un poco apretados, pues la complexión de ellas era robusta. Las piedras del camino se acabaron, ahora eran solamente tierra y pasto. Subíamos el cerro, gente caminando se hacían a un lado para que pasáramos.  En un tramo nos tuvimos que bajar para que pasara el auto encima de piedras y hoyos. Al llegar a la cima del cerro estaban unas 100 personas del pueblo que año con año subían para participar de la Misa. Un señor ya grande de edad se me acercó al final de la Misa para agradecerme por haber apoyado en esta celebración a la Santa Cruz. Me dijo que era el papá de la señora de tez morena. Me pidió que diera la bendición a la cruz metálica de más de tres metros que iban a colocar en ese cerro. En la orilla del camino estaba un barranco y el señor me dijo que de ahí abajo habían sacado al Tlaloc. Me dijo que él mismo había estaba trabajando para sacarlo. Ese monolito había estado en la cima de un cerro, pero con las lluvias hacía muchos años se había escondido ahí. Un año y medio para poderlo sacar. 168 toneladas que trasladar hasta la ciudad. Tráileres entraron al pueblo y pronto les quemaron las llantas, pues la gente no quería que se llevaran a Tlaloc. En el año 1964 con un remolque especial doble con más de 20 ejes, jalado por dos tractocamiones, capaz de soportar más de 200 toneladas, “una gigantesca plataforma rodante” fue sacado el Tlaloc de la cañada de San Miguel Coatlinchan, Estado de México para llevarlo a un museo del Distrito Federal. Yo había estado celebrando misa, en la colina de aquel cerro. Ahí abajo habían dejado una pequeña réplica de un ídolo, nosotros ahí arriba con el verdadero Dios por quien se vive. Ya la gente no estaba con el ídolo, ahora estaba ahí arriba, lugar y sugerencia del cristianismo. Me dieron una bolsa con un poco de arroz y carne de puerco. Subimos al taxi sin la señora de sombrero, sin la joven y sin la señora de tez morena. El chofer del taxi era mi único acompañante. La tarde ya caía, había estado donde estaba un ídolo, pero les había dejado a Jesucristo. Así es la vida del misionero, hay que ir a esos lugares donde por costumbres antiguas se tienen ídolos para dejarles al Dios verdadero.



Hasta la próxima. 





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